LA VERDADERA HISTORIA DEL LIANG SHAN PO

Iacute;ndice

Primera parte. Más allá

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Segunda parte. Más acá

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo. La verdadera historia del Liang Shan Po

Nota del autor

Biografía


Para Raül Cercas y Mercè Mas.

Para la basca, por cuarenta y tantos años de amistad.


Nous sommes si accoutumés à nous déguiser aux autres qu’enfin nous nous déguisons à nous-mêmes.

FRANÇOIS DE LA ROCHEFOUCAULD

PRIMERA PARTE

MÁS ALLÁ

–¿Empezamos?

–Empezamos. Pero antes déjeme hacerle otra pregunta. Es la última.

–Adelante.

–¿Por qué ha aceptado escribir este libro?

–¿No se lo he dicho ya? Por dinero. Me gano la vida escribiendo.

–Sí, ya lo sé, pero ¿solo ha aceptado por eso?

–Bueno, también es verdad que no siempre se le presenta a uno la oportunidad de escribir sobre un personaje como el Zarco, si es a eso a lo que se refiere.

–¿Quiere decir que el Zarco le interesaba antes de que le ofrecieran escribir sobre él?

–Claro, igual que a todo el mundo.

–Ya. De todos modos la historia que voy a contarle no es la del Zarco sino la de mi relación con el Zarco; con el Zarco y con…

–Ya lo sé, también hemos hablado de eso. ¿Podemos empezar?

–Podemos empezar.

–Cuénteme cuándo conoció al Zarco.

–A principios de verano del 78. Aquella era una época extraña. O yo la recuerdo así. Hacía tres años que Franco había muerto, pero el país continuaba gobernándose por leyes franquistas y oliendo exactamente a lo mismo que olía el franquismo: a mierda. Por entonces yo tenía dieciséis años, y el Zarco también. Por entonces los dos vivíamos muy cerca y muy lejos.



–¿Qué quiere decir?

–¿Conoce usted la ciudad?

–Por encima.

–Casi es mejor: la de aquella época se parece poco a la de ahora. A su modo, la Gerona de entonces era todavía una ciudad de posguerra, un poblachón oscuro y clerical, acosado por el campo y cubierto de niebla en invierno; no digo que la Gerona de ahora sea mejor –en cierto sentido es peor–: solo digo que es distinta. En aquella época, por ejemplo, la ciudad estaba rodeada por un cinturón de barrios donde vivían los charnegos. La palabra ha caído en desuso, pero entonces servía para referirse a los emigrantes llegados del resto de España a Cataluña, gente que en general no tenía donde caerse muerta y que había venido aquí a buscarse la vida… Aunque todo esto ya lo sabe usted. Lo que quizá no sabe es que, como le decía, a finales de los setenta la ciudad estaba rodeada por barrios de charnegos: Salt, Pont Major, Germans Sàbat, Vilarroja. Allí se aglomeraba la escoria.

–¿Allí vivía el Zarco?

–No: el Zarco vivía con la escoria de la escoria, en los albergues provisionales, en la frontera noreste de la ciudad. Y yo vivía a apenas doscientos metros de él: la diferencia es que él vivía del lado de allá de la frontera, justo al cruzar el parteaguas del parque de La Devesa y el río Ter, y yo del lado de acá, justo antes de cruzarlo. Mi casa estaba en la calle Caterina Albert, en lo que hoy es el barrio de La Devesa y entonces no era nada o casi nada, un montón de huertos y descampados en los que moría la ciudad; allí, diez años antes, a finales de los años sesenta, habían levantado un par de bloques aislados donde mis padres habían alquilado un piso. A su modo aquello también era un barrio de charnegos, aunque los que vivíamos allí no éramos tan pobres como solían ser los charnegos: la mayoría de las familias eran familias de funcionarios de clase media, como la mía –mi padre tenía un puesto subalterno en la Diputación–, familias que no eran de la ciudad pero que no se consideraban familias de charnegos y que en todo caso no querían saber nada de los charnegos auténticos o por lo menos de los charnegos pobres, los de Salt, Pont Major, Germans Sàbat y Vilarroja. Ni por supuesto de la gente que vivía en los albergues. De hecho, estoy seguro de que la mayoría de la gente de Caterina Albert jamás pisó los albergues (no digamos la gente de la ciudad). Algunos quizá ni siquiera sabían que existían, o fingían no saberlo. Yo sí lo sabía. No sabía muy bien lo que eran, y nunca había estado allí, pero sabía que estaban allí o que se decía que estaban allí, como una leyenda que nadie había confirmado ni desmentido: en realidad, yo creo que para nosotros, los chavales del barrio, el mismo nombre de los albergues evocaba la imagen épica de un refugio en tiempos inhóspitos, y estoy seguro de que tenía un aliento prestigioso de novela de aventuras. Por todo esto le decía que en aquella época vivía muy cerca y muy lejos del Zarco: porque nos separaba una frontera.



–¿Y cómo la cruzó? Quiero decir: ¿cómo un chaval de clase media se hace amigo de un chaval como el Zarco?

–Porque a los dieciséis años todas las fronteras son porosas, o al menos lo eran entonces. Y también por casualidad. Pero antes de contarle esa historia debería contarle otra.

–Adelante.

–No se la he contado a nadie; bueno, a nadie salvo al psicoanalista. Pero a menos que se la cuente no entenderá cómo y por qué conocí al Zarco.

–No se preocupe: si no quiere que lo cuente en el libro, no lo contaré; si lo cuento y no le gusta cómo lo cuento, lo suprimiré. Ese era el trato, y no voy a romperlo.

–De acuerdo. ¿Sabe? Siempre he oído decir que la infancia es cruel, pero yo creo que la adolescencia es mucho más cruel que la infancia. En mi caso así fue. Yo tenía un grupo de amigos en Caterina Albert: el más íntimo era Matías Giral, pero también estaban Canales, Ruiz, Intxausti, los hermanos Boix, Herrero, algún otro. Todos teníamos más o menos la misma edad, todos nos conocíamos desde los ocho o nueve años, todos hacíamos vida en la calle y todos íbamos a los Maristas, que era el colegio que quedaba más cerca de casa; y por supuesto todos éramos charnegos, salvo los hermanos Boix, que eran de Sabadell y entre ellos hablaban catalán. En resumen: yo no tenía hermanos, solo una hermana, y no creo que exagere si digo que en la práctica aquellos amigos hicieron durante mi infancia el papel vacante de hermanos.

Pero en la adolescencia dejaron de hacerlo. El cambio empezó casi un año antes de que yo conociera al Zarco, cuando a principios del curso anterior llegó al colegio un nuevo compañero. Se llamaba Narciso Batista y repetía 2.º de BUP. Su padre era presidente de la Diputación y jefe de mi padre; nos conocíamos de habernos cruzado un par de veces. Por eso, y porque la casualidad de los apellidos nos sentó en el mismo pupitre (en la lista de clase Cañas iba a continuación de Batista), yo fui su primer amigo en el colegio; gracias a mí se hizo amigo de Matías, y gracias a Matías y a mí se hizo amigo del resto de mis amigos. También se convirtió en el líder del grupo, un grupo que hasta entonces nunca había te nido un líder (o yo no había sido consciente de que lo tuviera) y que quizá lo estaba reclamando, porque el sentimiento esencial de la adolescencia es el miedo y el miedo reclama líderes con que combatirlo. Batista contaba un par de años más que nosotros, era físicamente fuerte y sabía hacerse escuchar; además, tenía todo lo que podía desear un charnego: de entrada, una familia sólida, rica y catalana (aunque se consideraba muy española y despreciaba todo lo catalán, no digamos lo catalanista, sobre todo si venía de Barcelona); también, un gran piso en el ensanche, un carnet del Club de Tenis, una casa de verano en S’Agaró y otra de invierno en La Molina, una Lobito de 75 cc con que moverse por ahí y un local para él solo en la calle de La Rutlla, un antiguo garaje destartalado donde pasar las tardes escuchando rock and roll, fumando y bebiendo cerveza.

Hasta aquí, todo normal; a partir de aquí, nada. Quiero decir que en solo unos meses la actitud de Batista hacia mí cambió, su simpatía se convirtió en antipatía, su antipatía en odio y su odio en violencia. ¿Por qué? No lo sé. Muchas veces he pensado que simplemente fui el chivo expiatorio que inventó Batista para conjurar el miedo esencial del grupo. Pero repito que no lo sé; lo único que sé es que en muy poco tiempo pasé de ser su amigo a ser su víctima.

La palabra víctima es melodramática, pero prefiero el riesgo del melodrama que el de la mentira. Batista empezó a burlarse de mí: aunque su lengua materna era el catalán, se reía de que yo hablase catalán, no porque lo hablase mal, sino porque despreciaba a quienes hablábamos catalán sin ser catalanes; se reía de mi físico y me llamaba Dumbo, porque decía que tenía unas orejas tan grandes como las del elefante de Disney; también se reía de mi torpeza con las chicas, de mis gafas de empollón y de mis notas de empollón. Estas burlas se volvieron cada vez más feroces, yo no acerté a frenarlas y mis amigos, que de entrada solo las reían, terminaron sumándose a ellas. Pronto las palabras no bastaron. Batista se aficionó medio en serio y medio en broma a pegarme puñetazos en los hombros y las costillas, algún bofetón; perplejo, yo contestaba riendo, jugando a devolver los golpes, tratando de quitarle seriedad a la violencia y de convertirla en broma. Eso fue al principio. Luego, cuando resultó ya imposible disfrazar la brutalidad de diversión, cambié la risa por las lágrimas y el deseo de escapar. Batista, insisto, no estaba solo: él era el gran matón, el origen y el catalizador de la violencia, pero el resto de mis amigos (con la excepción ocasional de Matías, que a veces trataba de frenar a Batista) se convirtió por momentos en una jauría. Durante años quise olvidar aquella época, hasta que no hace mucho me obligué a recordarla y me di cuenta de que algunas escenas las llevaba todavía clavadas en la cabeza como un cuchillo en las tripas. Una vez Batista me tiró a un arroyo helado que corre o corría por La Devesa. Otra vez, una tarde en que estábamos en el local de La Rutlla, mis amigos me quitaron la ropa y me encerraron desnudo y a oscuras en un desván, y durante horas no hice más que contener las lágrimas y escuchar a través de la pared sus risas, sus gritos, sus conversaciones, la música que ponían. Otra vez –un sábado en que había dicho a mis padres que iba a dormir en casa de los padres de Batista, en S’Agaró– me abandonaron también en el local de La Rutlla, y tuve que pasar allí, solo y sin luz, sin comida ni bebida, casi veinticuatro horas: del sábado por la tarde al domingo al mediodía. Otra vez, hacia el final de curso, cuando yo ya no hacía más que huir de Batista, me asusté tanto que pensé que quería matarme, porque me organizó con Canales, con Herrero, con los hermanos Boix y con algún otro una encerrona en los lavabos del patio del colegio y, durante un rato que debió de durar solo unos segundos pero que a mí me pareció larguísimo, me metió la cara en un váter en el que acababan de orinar, mientras yo escuchaba a mis espaldas las risas de mis amigos. ¿Continúo?

–No si no quiere. Pero, si le alivia contarlo, continúe.

–No me alivia contarlo; ya no. Me extraña estar contándoselo a usted, que es distinto. Con lo de Batista me pasa como con tantas cosas de aquella época: no es como si las hubiera vivido sino como si las hubiera soñado. Aunque se estará usted preguntando qué tiene todo eso que ver con el Zarco.

–No: me estoy preguntando por qué no denunció la persecución.

–¿A quién quería que la denunciase? ¿A mis profesores? Yo tenía un buen cartel en el colegio, pero no tenía ninguna prueba de lo que estaba pasando, y denunciarlo me hubiese convertido en un mentiroso o en un chivato (o en las dos cosas a la vez), y eso era la mejor forma de empeorarlo todo. ¿A mis padres? Mi padre y mi madre eran buena gente, me querían y yo les quería a ellos, pero en los últimos tiempos nuestra relación se había estropeado lo suficiente para que yo no me atreviese a contárselo. ¿Cómo se lo contaba, además? ¿Y qué les contaba? Para colmo, como ya le he dicho mi padre era un subordinado del padre de Batista en la Diputación, así que, si hubiese contado en mi casa lo que estaba pasando, aparte de convertirme en un mentiroso o un chivato hubiese colocado a mi padre en una situación imposible. A pesar de eso, más de una vez sentí la tentación de decírselo, más de una vez estuve incluso a punto de decírselo, pero al final siempre me echaba para atrás. Y, si no se lo denuncié a ellos, ¿a quién se lo iba a denunciar?

El caso es que ir cada día al colegio se convirtió para mí en un calvario. Durante meses me acosté llorando y me levanté llorando. Tenía miedo. Sentía rabia y rencor y una gran humillación y sobre todo culpa, porque lo peor de las humillaciones es que hacen sentirse culpable al que las padece. Me sentía atrapado. Quería morirme. Y no piense lo que está pensando: toda aquella mierda no me enseñó absolutamente nada. Conocer antes que los demás el mal absoluto –eso es lo que era para mí Batista– no te hace mejor que los demás; te hace peor. Y no sirve absolutamente para nada.

–A usted le sirvió para conocer al Zarco.

–Es verdad, pero es lo único para lo que me sirvió. Eso ocurrió no mucho después de que terminara el curso, cuando yo ya llevaba un tiempo sin ver a mis amigos. Con las aulas del colegio cerradas había más posibilidades de esconderse de ellos, aunque la verdad es que en una ciudad tan pequeña tampoco eran demasiadas y no era tan fácil desaparecer de la circulación, que era lo que yo necesitaba para que mis amigos se olvidasen de mí. Había que evitar cruzarse con ellos en el barrio, había que evitar acercarse a los sitios que solíamos frecuentar, había que evitar las cercanías del local de Batista en La Rutlla, había incluso que evitar o despachar con evasivas las visitas y las llamadas de Matías, que seguía invitándome a salir con ellos, seguramente para aliviar su mala conciencia y esconder detrás de su generosidad aparente el acoso real al que me estaban sometiendo. En fin: mi proyecto de aquel verano consistía en salir lo menos posible a la calle hasta que en agosto me marchase de vacaciones, y en pasarme aquellas semanas de encierro leyendo y viendo la tele. Esa era la idea. Pero la realidad es que, por muy hundido o muy acobardado que esté, un chaval de dieciséis años no es capaz de pasarse el día entero en su casa, o por lo menos yo no fui capaz de hacerlo. De modo que pronto empecé a aventurarme a salir a la calle, y una tarde entré en los recreativos Vilaró.

Fue allí donde vi por primera vez al Zarco. Los recreativos Vilaró estaban en la calle Bonastruc de Porta, todavía en el barrio de La Devesa, frente al paso elevado del tren. Eran una de esas casas de juego para adolescentes que proliferaron en los setenta y ochenta. De aquella recuerdo una gran nave de paredes desnudas con un escalextric de seis pistas; también recuerdo varios futbolines, varias máquinas de marcianos y seis o siete máquinas del millón puestas en fila frente a una de las paredes laterales; al fondo estaban la máquina de las bebidas y los lavabos, y a la entrada se abría la garita acristalada del señor Tomàs, un anciano encogido, medio calvo y barrigudo que solo se distraía de su libreta de crucigramas para resolver algún problema práctico (una máquina que se estropeaba, un váter que se atascaba) o, en caso de altercado, para echar a los revoltosos o restablecer el orden con su voz chillona. Durante una época yo había frecuentado este local con mis amigos, pero más o menos desde la aparición de Batista había dejado de hacerlo; mis amigos también y, quizá por eso, aquel se me antojaba un lugar seguro, como durante un bombardeo el agujero donde acaba de caer un proyectil.

La tarde en que conocí al Zarco llegué a los recreativos poco después de que los abriera el señor Tomàs y me puse a jugar con mi máquina del millón favorita, que era la de Rocky Balboa. Una buena máquina: cinco bolas, bola extra al cabo de pocos puntos y al final bonus points que te ayudaban a hacer la partida fácilmente. Durante un rato estuve jugando en el local vacío, pero en seguida entró un grupo de chavales y fue hacia el escalextric. Poco después irrumpió una pareja en el local. Eran un chico y una chica, aparentaban más de dieciséis años y menos de diecinueve y mi primera impresión al verlos fue que un vago aire de familia los unía, pero sobre todo que eran dos charnegos duros, de extrarradio, quizá dos quinquis. El señor Tomàs olfateó la amenaza en cuanto cruzaron por delante de su cristalera. Eh, vosotros, los llamó, abriendo la puerta de la garita. Adónde vais. Los dos se pararon en seco. ¿Qué pasa, jefe?, preguntó el chico, levantando las manos como si se ofreciera a que le registrasen; no sonreía, pero daba la impresión de que la situación le resultaba divertida. Dijo: Solo queremos echar una partida. ¿Podemos? El señor Tomàs los recorrió de arriba abajo con una mirada suspicaz, y al terminar el examen dijo algo, que no entendí; luego entendí: No quiero problemas. El que me dé problemas se va a la calle. ¿Está claro? Clarísimo, dijo el chico, haciendo un gesto conciliador y bajando las manos. Por nosotros no se preocupe, jefe. El señor Tomàs pareció darse a medias por satisfecho con la respuesta, se volvió a meter en la garita y debió de hundirse otra vez en la libreta de crucigramas mientras la pareja se adentraba en los recreativos.

–Eran ellos.

–Sí: el chico era el Zarco; la chica era Tere.

–¿Tere era la chica del Zarco?

–Buena pregunta: si hubiese sabido la respuesta a tiempo me hubiese ahorrado muchos problemas; se la contesto luego. El caso es que, igual que el señor Tomàs, apenas vi entrar al Zarco y a Tere tuve una sensación inmediata de incertidumbre, de que a partir de aquel momento podía pasar cualquier cosa en los recreativos, y mi primer impulso fue soltar la máquina de Rocky Balboa y marcharme.

Me quedé. Intenté olvidar a la pareja, hacer como si no estuvieran en el local, seguir jugando. No lo conseguí, y al cabo de un momento noté en el hombro un manotazo que me hizo trastabillar. ¿Qué pasa, Gafitas?, preguntó el Zarco, ocupando mi sitio a los mandos de la máquina. Me miraba con unos ojos muy azules, hablaba con voz ronca, llevaba el pelo partido por una raya central y vestía una ajustada chupa vaquera sobre una ajustada camiseta beis. Repitió, desafiante: ¿Pasa algo? Me asusté. Mostrándole las palmas de las manos dije: Ya había acabado. Terminé de darme la vuelta para irme, pero en ese momento Tere me cerró el paso y mi cara quedó a un palmo de la suya. La primera impresión fue de sorpresa; la segunda, de deslumbramiento. Como el Zarco, Tere era muy delgada, muy morena, no muy alta, con ese aire elástico de intemperie que gastaban los quinquis de entonces. Tenía el pelo liso y oscuro y los ojos verdes y crueles, y lucía un lunar junto a la nariz. Todo su cuerpo irradiaba una calma de mujer muy segura de sí misma, salvo por un tic: su pierna izquierda se movía arriba y abajo igual que un pistón. Vestía camiseta blanca y vaqueros y llevaba un bolso cruzado en bandolera. ¿Ya te vas?, preguntó, sonriendo con unos labios rojos y carnosos como dos fresones. No pude contestar porque el Zarco me agarró del brazo y me obligó a dar media vuelta. Tú quieto ahí, Gafitas, me ordenó. Y se puso a jugar a la máquina de Rocky Balboa.

Jugaba bastante mal, así que la partida terminó pronto. Mierda, dijo entonces, pegando un puñetazo en la máquina. Me miró furioso, pero antes de que pudiera decir nada Tere soltó una carcajada, le apartó de la máquina y metió otra moneda. Rezongando, el Zarco se puso a ver jugar a Tere apoyado en la máquina, junto a mí. Los dos comentaban las vicisitudes del juego sin prestarme atención, aunque de vez en cuando, entre bola y bola, Tere me observaba por el rabillo del ojo. La gente no paraba de entrar en los recreativos; el señor Tomàs salía de su garita con más frecuencia que de costumbre. Poco a poco me fui tranquilizando, pero seguía sin tenerlas todas conmigo y sin atreverme a marcharme. Tere tampoco tardó en terminar su partida. Al hacerlo se apartó de la máquina y la señaló. Te toca, me dijo. No abrí la boca, no me moví. ¿Qué pasa, Gafitas?, preguntó el Zarco. ¿Ahora no quieres jugar? Continué callado. Añadió: ¿Se te ha comido la lengua el gato? No, contesté. ¿Entonces?, insistió. Se me ha acabado el dinero, dije. El Zarco me miró con curiosidad. ¿Te has quedado sin pasta?, preguntó. Asentí. ¿De verdad?, volvió a preguntar. Volví a asentir. ¿Cuánto tenías? Le dije la verdad. Joder, Tere, se rió el Zarco. Con eso tú y yo no tenemos ni para limpiarnos el culo. Tere no se rió; me observaba. El Zarco me apartó otra vez y dijo: Bueno, el que no tiene pasta se jode.

Metió más dinero en la máquina y se puso a jugar. Mientras lo hacía empezó a hablar conmigo; mejor dicho: empezó a interrogarme. Me preguntó cuántos años tenía y se lo dije. Me preguntó dónde vivía y se lo dije. Me preguntó si iba al instituto y le dije que sí y a qué instituto iba. Luego me preguntó si hablaba catalán; la pregunta me extrañó, pero también contesté que sí. A continuación me preguntó si iba muy a menudo por los recreativos y si conocía al señor Tomàs y a qué hora se abría y se cerraba el local y otras preguntas parecidas, que no recuerdo pero que sí recuerdo que contesté o que contesté hasta donde sabía. También recuerdo que su última pregunta fue si necesitaba dinero, y que entonces no supe qué contestar. El Zarco contestó por mí: Si te hace falta, dímelo. Vienes a La Font y me lo dices. Hablaremos de negocios. El Zarco maldijo una bola que se le acababa de colar y pegó otro puñetazo en la máquina; luego me preguntó: ¿Hace o no hace, Gafitas? No contesté; antes de que pudiese hacerlo nos abordó un tipo alto y rubio y vestido con un polo Fred Perry, que acababa de entrar en los recreativos. El tipo saludó al Zarco, cuchicheó un momento con él y después los dos salieron a la calle. Tere se quedó mirándome. Volví a fijarme en sus ojos, en su boca, en la peca junto a la nariz, y recuerdo haber pensado que era la chica más guapa que había visto en mi vida. ¿Vas a venir?, preguntó. ¿Adónde?, pregunté. A La Font, contestó. Pregunté qué era La Font y Tere me contestó que era un bar del chino y yo entendí que el chino era el barrio chino. Tere volvió a preguntar si iría a La Font; aunque estaba seguro de que no iba a ir, dije: No lo sé. Pero en seguida añadí: A lo mejor sí. Tere sonrió y se encogió de hombros y se acarició con un dedo el lunar junto a la nariz; luego señaló la máquina de Rocky Balboa y, antes de marcharse detrás del Zarco y del tipo del Fred Perry, dijo: Te quedan tres bolas.

Ese fue nuestro primer encuentro, y así fue. Al quedarme solo respiré aliviado y, no sé si por gusto o porque pensé que el Zarco y Tere podían andar aún por los alrededores de los recreativos y no quería correr el riesgo de toparme otra vez con ellos, me puse a jugar las bolas que quedaban en la máquina. Apenas había empezado a hacerlo cuando se me acercó el señor Tomàs. ¿Sabes quiénes eran esos, chaval?, preguntó, señalando la puerta. Evidentemente se refería al Zarco y a Tere; respondí que no. ¿De qué habéis hablado?, volvió a preguntar. Se lo expliqué. El señor Tomás chasqueó la lengua y me hizo repetir la explicación, o parte de la explicación. Parecía inquieto, y al cabo de un momento se marchó mascullando algo. Al día siguiente llegué a los recreativos Vilaró a media tarde. Mientras pasaba frente a la garita de entrada, el señor Tomàs tocó con los nudillos en la cristalera y me pidió que esperara; cuando salió me puso una mano en el hombro. Oye, chaval, empezó. ¿Te interesa un trabajo? La pregunta me pilló por sorpresa. ¿Qué trabajo?, pregunté. Necesito un ayudante, dijo. Con un gesto englobó vagamente el local entero antes de hacer su oferta: Me ayudas a cerrar cada noche el negocio y a cambio te dejo jugar diez partidas gratis al día.

Ni siquiera tuve que pensarlo. Acepté, y a partir de entonces mis tardes empezaron a ajustarse a un mismo patrón. Llegaba a los recreativos Vilaró a primera hora, a veces un poco después, jugaba mis diez partidas gratis con la máquina que me apetecía (casi siempre la de Rocky Balboa) y, hacia las ocho y media o las nueve de la noche, ayudaba al señor Tomàs a cerrar el local: mientras él abría las máquinas, sacaba las monedas, contaba la recaudación del día y rellenaba una especie de estadillo, yo me aseguraba de que no quedaba nadie en la nave principal y en los lavabos, y luego bajábamos entre los dos la persiana de la puerta; al terminar la operación, el señor Tomàs se montaba con el dinero en su Mobilette y yo me marchaba andando a mi casa. Eso era todo. ¿Quiero decir con esto que en seguida me olvidé del Zarco y de Tere? Para nada. Al principio temía que aparecieran de nuevo por los recreativos, pero al cabo de un par de tardes me sorprendí deseando que lo hicieran, o al menos que lo hiciera Tere. Jamás se me pasó por la cabeza, en cambio, aceptar la invitación del Zarco, llegarme una tarde al chino y presentarme en La Font: a mis dieciséis años yo tenía una idea aproximada pero suficiente de lo que era el chino, y no me gustaba la de meterme allí, o sencillamente me asustaba. Sea como sea, pronto me convencí de que había conocido al Zarco y a Tere porque una casualidad inverosímil les había hecho extraviarse fuera de su territorio; también me convencí de que, además de inverosímil, esa casualidad era irrepetible, y de que no volvería a verlos.

El mismo día en que llegué a esa conclusión me llevé un susto de muerte. Volvía a casa después de haber ayudado al señor Tomàs a cerrar los recreativos cuando vi a un grupo de chavales caminando hacia mí por Joaquim Vayreda. Eran cuatro, venían de Caterina Albert, iban por mi acera y, a pesar de que todavía estaban lejos y anochecía, los reconocí en seguida: eran Batista, Matías y dos de los hermanos Boix, Joan y Dani. Quise seguir caminando como si no pasara nada, pero antes de dar dos o tres pasos más sentí que se me aflojaban las piernas y que rompía a sudar. Tratando de no dejarme vencer por el pánico, empecé a cruzar la calle; antes de llegar a la acera de enfrente noté que Batista me seguía. Entonces ya no pude evitarlo: instintivamente eché a correr, alcancé la acera y doblé a la derecha por un callejón que daba a La Devesa; justo al pisar el parque Batista cayó sobre mí: me derribó y, clavándome una rodilla en la espalda y retorciéndome un brazo, me inmovilizó en el suelo. ¿Adónde vas, cabrón?, preguntó. Jadeaba como un perro; yo también jadeaba, bocabajo en la tierra de La Devesa. Había perdido las gafas. Buscándolas con desesperación a mi alrededor, le pedí a Batista que me soltara, pero en vez de hacerlo repitió la pregunta. A mi casa, contesté. ¿Por aquí?, preguntó Batista, clavándome con más fuerza la rodilla y retorciéndome el brazo hasta que grité. Eres un jodido mentiroso.

En ese momento oí que llegaban junto a nosotros Matías y los hermanos Boix. Desde el suelo, a la luz de estaño que proyectaba una farola, veía una borrosa confusión de piernas enfundadas en vaqueros y de pies enfundados en zapatillas de deporte y sandalias. Muy cerca distinguí mis gafas: no parecían rotas. Rogué que las recogieran y alguien que no era Batista las recogió, pero no me las entregó. Entonces Matías y los hermanos Boix preguntaron qué pasaba. Nada, dijo Batista. Este catalanufo de mierda, que siempre está diciendo mentiras. No he dicho ninguna mentira, acerté a defenderme. Solo he dicho que iba a casa. ¿Lo veis?, dijo Batista, volviendo a retorcerme el brazo. ¡Otra mentira! Volví a gritar. Déjalo ya, le pidió Matías. No nos ha hecho nada. Sentí que Batista se volvía hacia él sin dejar de sujetarme. ¿No nos ha hecho nada?, preguntó. ¿Tú estás gilipollas o qué? Si no nos ha hecho nada por qué sale corriendo en cuanto nos ve, ¿eh? ¿Y por qué se esconde? ¿Y por qué no para de decir mentiras? Hizo una pausa y añadió: A ver, Dumbo, para variar, dime una verdad: ¿de dónde venías? No dije nada; además de la espalda y el brazo me dolía también la cara, aplastada contra el suelo de tierra. ¿Lo veis?, dijo Batista. Se calla. Y el que se calla es porque tiene algo que esconder. Igual que el que sale corriendo. ¿Sí o no? Suéltame, por favor, gemí. Batista se rió. Además de mentiroso eres gilipollas, dijo. ¿Te crees que no sabemos dónde te escondes? ¿Te crees que somos imbéciles? ¿Eh? ¿Qué te crees? Batista parecía esperar una respuesta; de repente me retorció con más fuerza el brazo y preguntó: ¿Qué has dicho? Yo no había dicho nada y dije que no había dicho nada. ¿Cómo que no?, preguntó Batista. Yo he oído que has dicho que soy un hijo de puta. Dije: No es verdad. Batista acercó su cara a mi cara mientras me retorcía el brazo hasta el límite; creí que me lo iba a partir. Sintiendo su aliento en la cara grité. Batista no hizo caso de mis gritos. ¿Me estás llamando mentiroso?, volvió a preguntar. Matías intervino otra vez, intentó pedirle a Batista que me dejara; Batista le atajó: le dijo que se callase y le llamó imbécil. A continuación me volvió a preguntar si le estaba llamando mentiroso. Yo dije que no. Inesperadamente, esa respuesta pareció calmarlo, y al cabo de unos segundos sentí que empezaba a aflojar la presión sobre mi brazo. Luego, sin decir una palabra más, Batista me soltó y se incorporó.

A toda prisa le imité, quitándome con la palma de la mano la tierra que se había quedado pegada a mi mejilla. Matías me alargó las gafas, pero antes de que yo pudiera cogerlas las cogió Batista. Me quedé mirándole. Sonreía; en la penumbra del parque, bajo los plátanos, sus facciones me parecieron vagamente felinas. ¿Las quieres?, dijo, ofreciéndome las gafas. Mientras yo alargaba la mano hacia ellas me las escondió. En seguida me las volvió a ofrecer. Si las quieres, lámeme los zapatos, dijo. Le sostuve la mirada unos segundos, y después miré a Matías y a los hermanos Boix, que me miraban expectantes. Una vez transcurrido ese tiempo me arrodillé delante de Batista, le lamí los zapatos –sabían a cuero y polvo–, volví a incorporarme y volví a quedarme mirándolo. Sus ojos parecieron destellar un momento antes de que él soltara un bufido que pareció una risa o una risa que pareció un bufido. Eres un cobarde, dijo por fin, tirándome las gafas al suelo. Me das asco.

Pasé la noche entera dando vueltas en la cama mientras trataba de no sentirme del todo avergonzado por el incidente con Batista y de encontrar algún alivio a mi humillación. No conseguí ni una cosa ni la otra, y después de aquello me propuse no volver a los recreativos Vilaró. Temía que Batista hubiera dicho la verdad y que supiera dónde me escondía y fuera a buscarme. ¿Qué podía pasar si me encontraba?, se preguntará usted. Nada, se responderá, y supongo que tiene razón; pero el miedo no es racional, y yo tenía miedo. Sea como sea, pronto la soledad y el aburrimiento pudieron más que el temor, y dos o tres días después volví a los recreativos. Al verme, el señor Tomàs me preguntó qué me había pasado y le dije que había estado enfermo; por mi parte le pregunté si seguía en pie nuestro trato. Claro, chaval, contestó.

Aquella tarde ocurrió algo que cambió mi vida. Llevaba yo ya un buen rato jugando con la máquina de Rocky Balboa cuando me sobresaltó la irrupción de un grupo de gente en el local. De entrada pensé, con pánico, que eran Batista y mis amigos; con alivio, casi con alegría, en seguida vi que eran el Zarco y Tere. Esta vez no iban solos: los acompañaban dos tipos; esta vez el señor Tomàs no los paró al entrar: se limitó a mirarlos desde la puerta de su garita, con los brazos en jarras y la libreta de crucigramas en una mano. Pasado el primer momento, pasaron el alivio y la alegría y volvió la inquietud, sobre todo cuando los cuatro recién llegados vinieron directamente hacia mí. ¿Qué hay, Gafitas?, preguntó el Zarco. ¿No piensas venir a La Font? Me aparté de la máquina y le cedí los mandos; él se paró en seco; señalándome sonriente se volvió hacia los dos tipos: ¿Veis? Este es mi Gafitas: no hace falta decirle las cosas para que las haga. Mientras el Zarco cogía los mandos de la máquina y se ponía a terminar la partida que yo había abandonado, Tere también me saludó. Me dijo que me habían estado esperando en La Font y me preguntó por qué no había ido. Los otros dos tipos me observaban con interés. Más tarde supe que los llamaban el Gordo y el Tío: el Gordo, porque era tan flaco que parecía vivir de perfil; el Tío, porque, de cada tres palabras que pronunciaba, una era «tío». El Gordo vestía pantalones estrechos y acampanados y lucía una media melena ondulante que parecía fijada con laca; el Tío era más bajo que él y, aunque también era el mayor de todos, tenía un aire un poco aniñado, la boca casi siempre entreabierta, la mandíbula un poco descolgada. Contesté con excusas la pregunta de Tere, pero nadie hizo caso de mi respuesta: el Zarco estaba ya concentrado en la máquina de Rocky Balboa y el Gordo y el Tío jugaban en la máquina de al lado; en cuanto a Tere, también pareció desinteresarse de mí en seguida. De todos modos me quedé junto a ella mientras sus amigos jugaban, sin atreverme a marcharme o sin querer marcharme, escuchando los comentarios de los cuatro, viendo entrar y salir al señor Tomàs de su garita y viendo a los habituales del local lanzándonos miradas de reojo.

Ya había terminado el Zarco su partida y le había cedido su sitio a Tere cuando volvió a aparecer en los recreativos el tipo del Fred Perry. El Zarco cambió unas palabras con él y el Gordo y el Tío dejaron de jugar y los cuatro salieron juntos a la calle. Tere se quedó jugando su partida. Ahora, en vez de mirar todo el tiempo al tablero, yo la miraba de vez en cuando a ella, furtivamente, y en determinado momento me sorprendió haciéndolo; para disimular le pregunté quién era el tipo del Fred Perry. Un camello, contestó. Después me preguntó si fumaba. Contesté que sí. Chocolate, aclaró Tere. Yo sabía lo que era el chocolate (igual que sabía lo que era un camello), pero no lo había probado nunca y no dije nada. Tere adivinó la verdad. ¿Quieres probarlo?, preguntó. Me encogí de hombros. Si quieres probarlo ven a La Font, dijo Tere. En una pausa entre bola y bola me miró y preguntó: ¿Vas a venir o no? No tenía ninguna intención de ir, pero no quería decírselo. Miré la imagen de Rocky Balboa que dominaba el tablero de la máquina del millón; la había visto mil veces: Rocky musculoso y triunfal, vestido solo con unos calzones estampados con la bandera norteamericana, levantando sus brazos hacia el estadio vociferante mientras un púgil derrotado yacía a sus pies en la lona del cuadrilátero. Miré esa imagen y me recordé lamiéndole los zapatos a Batista y volví a sentir toda la vergüenza de mi humillación. Como si temiese que el silencio pudiera delatar lo que sentía, a toda prisa contesté la pregunta de Tere con otra pregunta: ¿Vais cada día? Me refería a La Font; Tere lo entendió. Más o menos, contestó, y lanzó una nueva bola; al tragársela también la máquina volvió a preguntar: ¿Qué? ¿Vas a venir? No lo sé, dije; añadí: Creo que no. ¿Por qué no?, insistió Tere. Volví a encogerme de hombros, y ella siguió jugando.

Yo seguí mirándola. Fingía que miraba el tablero de la máquina, pero la miraba a ella. Tere lo notó. La prueba es que aún no había terminado de jugar su bola cuando dijo: ¿A que estoy buena, Gafitas? Me ruboricé; en seguida me arrepentí de haberme ruborizado. En los recreativos reinaba un ruido considerable, pero tuve la impresión de que en el centro del guirigay se hacía un silencio absoluto, que solo yo escuchaba. Fingí que no había oído bien la pregunta. Tere no me la repitió; acabó de jugar su bola sin prisa y, dejando la partida a medias, me cogió de una mano y dijo: Ven.

¿Le he dicho ya que algunas cosas que pasaron aquel verano son como si las hubiera soñado y no como si las hubiera vivido? Lo que pasó a continuación fue una de ellas. Tere me arrastró hasta el fondo de los recreativos esquivando a la gente que empezaba a llenarlos, y sin soltarme de la mano entramos en los lavabos de mujeres. Eran idénticos a los de hombres –había un largo pasillo con un gran espejo en la pared, frente al que se alineaban las cabinas de los retretes–, y en aquel momento estaban casi vacíos: solo una pareja de chicas con tacones y minifalda se arreglaba las pestañas frente al espejo. Cuando Tere y yo entramos, las chicas nos miraron, pero no dijeron nada. Tere abrió la puerta de la primera cabina y me invitó a pasar. ¿Adónde vamos?, pregunté. Entra, contestó. Desconcertado, miré a las dos chicas, que seguían mirándonos. ¿Qué pasa?, les espetó Tere. ¿Tengo monos en la cara?

Dando un respingo, las chicas se volvieron otra vez hacia el espejo. Tere me empujó a la cabina, entró y cerró la puerta y el pestillo. La cabina era un espacio minúsculo donde solo cabían un retrete y una cisterna; el suelo era de cemento y las paredes de madera y se cortaban antes de llegar al suelo. Me recosté contra una de ellas; Tere se puso el bolso a la espalda y me ordenó: Bájate los pantalones. ¿Qué?, pregunté. La respuesta de Tere consistió en besarme en la boca: un beso largo, denso y húmedo, con su lengua caracoleando contra la mía. Era la primera vez en mi vida que me besaba una mujer. Que te bajes los pantalones, repitió. Como un sonámbulo me desabroché el cinturón y me bajé los pantalones. Los calzoncillos también, dijo Tere. Obedecí. Cuando terminé de hacerlo, Tere me cogió el miembro con la mano. Y ahora fíjate, Gafitas, me pidió. A continuación se agachó, se metió mi miembro en la boca y empezó a chupármelo. Acabó pronto, porque, aunque hice lo posible por aguantar, me corrí en seguida. Tere se incorporó y me besó en los labios; ahora su boca sabía a semen. ¿Te ha gustado?, preguntó, sosteniendo todavía mi miembro agotado en su mano. Acerté a balbucear algo. Entonces Tere hizo una sonrisa fugaz pero perfecta, me soltó y, antes de marcharse de la cabina, dijo: Mañana te espero en La Font.

No sé cuánto tiempo estuve con los pantalones a la altura de los tobillos, tratando de recuperarme de la impresión, ni cuánto tardé en vestirme. Pero cuando salí de la cabina los lavabos ya estaban vacíos. Y, cuando salí de los lavabos, Tere ya no estaba en los recreativos; tampoco el Zarco, el Gordo y el Tío habían vuelto a entrar. Fui hasta la puerta, me asomé a la calle y miré a un lado y a otro, pero no vi a nadie. El señor Tomàs apareció a mi lado. ¿Dónde te habías metido?, preguntó. Le miré: llevaba las manos en los bolsillos, y no se había dado cuenta de que la presión de su barriga había hecho saltar dos botones de su camisa; por la abertura sobresalía una mata de pelos rizados y canosos. Antes de que yo pudiera contestar formuló otra pregunta: Oye, chaval, ¿te encuentras bien? Tienes mala cara. Le dije que estaba bien y, para salir del paso, añadí que, aunque ya me sentía mejor, había vomitado en el lavabo, y que quizá todavía no estaba del todo repuesto. Pues ándate con ojo, chaval, me aconsejó el señor Tomàs. Que las recaídas son muy malas. Luego me preguntó de qué había estado hablando con el Zarco, con Tere y con los otros y le dije que aquella vez no habíamos hablado de nada. El señor Tomàs chasqueó la lengua. No me fío un pelo de esos quinquis, dijo. Luego me pidió: Tú no les pierdas ojo si vuelven, ¿de acuerdo? Dije que de acuerdo y, mirando la doble hilera de coches aparcados bajo el paso elevado del tren, por un momento pensé que no vería nunca más a Tere y pregunté: ¿Cree usted que volverán? No lo sé, contestó el señor Tomàs; y mientras regresaba a su garita añadió: Con esa gente nunca se sabe.

Al día siguiente fui a La Font.


–Pues sí: soy policía. ¿Que por qué me hice policía? No lo sé. Hombre, seguro que influyó que mi padre fuera guardia civil. Y además me imagino que en aquella época yo era tan idealista y tan novelero como cualquier chaval de mi edad; ya me entiende: en las películas el policía era el bueno que salvaba a los buenos de los malos, y eso era lo que yo quería ser.

El caso es que a los diecisiete años preparé oposiciones a inspector del Cuerpo General de Policía, la policía secreta. Era un estudiante malísimo, pero durante nueve meses estudié como un loco y al cabo de ese tiempo saqué las oposiciones, y encima con buen número. ¿Qué le parece? Para hacer las prácticas tuve que mudarme de Cáceres a Madrid; allí me instalé en una pensión de Jacometrezo desde donde iba y venía a diario hasta la Escuela de Policía, en el número 5 de la calle Miguel Ángel. En esa época empecé a entender en qué consistía de verdad este oficio. ¿Y sabe una cosa? No me decepcionó; bueno, algunas cosas sí me decepcionaron –ya sabe: las rutinas obligatorias, los compañeros tarados, los mares de burocracia, cosas por el estilo–, pero a cambio hice un descubrimiento que debió sorprenderme muchísimo y no me sorprendió nada, y es que ser policía era lo que siempre había pensado que iba a ser. Ya le digo que era un idealista, y además un idealista tan tozudo que durante mucho tiempo creí que mi oficio era el mejor oficio del mundo; ahora que llevo casi cuarenta años haciéndolo ya sé que es el peor, dejando aparte todos los demás.

¿De qué estábamos hablando? Ah, sí. Mis prácticas. Para qué mentirle: Madrid me intimidaba un poco, en parte porque siempre había vivido en una ciudad pequeña y en parte porque aquella era una época difícil y yo y los compañeros veteranos con los que patrullaba por la ciudad nos topábamos a todas horas con altercados callejeros: un día era una manifestación ilegal, otro un atentado terrorista, otro un atraco a un banco. Qué sé yo. El caso es que me dije en seguida que aquel follón era demasiado para mí y que ni Madrid ni ninguna gran ciudad me convenía de momento.

Esa es una de las razones que explican la decisión que tomé al terminar las prácticas: pedir plaza aquí, en Gerona. Yo quería y no quería volver a Cáceres. La ciudad me gustaba, pero no me gustaba un pelo la idea de volver a vivir en ella, y menos todavía con mis padres. Y entonces pensé que Gerona era una buena solución para aquel querer y no querer, porque no era Cáceres pero se le parecía mucho –las dos eran capitales de provincia viejas y tranquilas, con un gran casco antiguo y tal–, y pensé que eso haría que no me sintiese extraño en Gerona; también debí de pensar que allí podría foguearme antes de volver a casa o de elegir un destino mejor, haciendo un trabajo menos duro y más fácil que el que me tocaría hacer en una gran ciudad. Además (esto puede parecerle una tontería pero fue importantísimo), no sé por qué sentía mucha curiosidad por los catalanes, sobre todo por la gente de Gerona. Miento, sí lo sé: sentía curiosidad porque durante las prácticas leí Gerona, la novela de Galdós. ¿La conoce usted? Es un retrato de la ciudad durante el sitio que le montaron las tropas de Napoleón. Cuando lo leí, hace cuarenta años, me entusiasmó; aquello era la hostia: la tragedia total de la guerra, la grandeza de una ciudad entera en armas y defendida por una gente de hierro, el heroísmo del general Álvarez de Castro, un personaje de tamaño mitológico que se niega a entregar a los franceses la ciudad arruinada y muerta de hambre, y que Galdós pinta como el mayor patriota de su siglo. ¿Qué le parece? En 1974 yo tenía solo diecinueve años y aquellas cosas me impresionaban, así que pensé que Gerona era el lugar ideal donde empezar.

Pedí Gerona y me la dieron.

Recuerdo igual que si fuera hoy el día que llegué. Había hecho el viaje en tren con otros cinco compañeros novatos, y al bajar en la estación fuimos al hotel Condal, donde habíamos reservado habitaciones. Debían de ser las siete o las siete y media de la tarde y, como corría el mes de febrero, ya era noche cerrada y todo estaba a oscuras. Esa es la primera sensación que conservo de Gerona: la sensación de oscuridad; la segunda es la sensación de humedad; la tercera es la sensación de suciedad; la cuarta (y la más intensa) es la sensación de soledad: una soledad total y absoluta, que ni siquiera había sentido en mis primeros días de Madrid, solo en mi cuarto de la pensión de Jacometrezo. Al llegar al hotel deshicimos las maletas, nos lavamos un poco y salimos a cenar. Uno de mis compañeros era de Barcelona y conocía la ciudad, de modo que le seguimos. En busca de un restaurante caminamos por Jaume I, cruzamos la plaza del Marquès de Camps y la de Sant Agustí, donde está la estatua de Álvarez de Castro y los defensores de la ciudad, que aquel día no vi o en la que no reparé; luego cruzamos el Onyar y adivinamos casi a oscuras sus aguas podridas y la tristeza de las fachadas que daban al río, llenas de ropa puesta a secar; luego anduvimos por el casco antiguo y recorrimos de abajo arriba la Rambla y cruzamos la plaza de Cataluña y, cuando ya estábamos a punto de darnos por vencidos y mandarlo todo a la mierda y meternos en la cama en ayunas después de aquel paseo deprimente y aquel viaje agotador, topamos con un sitio abierto muy cerca del hotel. Era el Rhin Bar. Allí, después de regatear con el dueño, que estaba cerrando y no nos quería servir, nos tomamos un vaso de leche. De ese modo conseguí meterme aquella noche en la cama sin el estómago vacío, y en cuanto lo hice pensé que me había equivocado y que tan pronto como pudiera pediría un cambio de destino y me marcharía de aquella ciudad dejada de la mano de Dios.

Nunca hice nada de eso: no pedí un cambio de destino ni volví a Cáceres ni me marché de esta ciudad. Ahora es mi ciudad. Mi mujer es de aquí, mis hijos son de aquí, mi padre y mi madre están enterrados aquí, y yo la quiero y la odio más o menos como uno odia y quiere lo que más le importa. Aunque bien pensado no es verdad: la verdad es que la quiero mucho más que la odio; si no fuera así no la hubiese aguantado tanto tiempo, ¿no le parece? A veces incluso me siento orgulloso de ella, porque yo he hecho tanto como el que más para que sea como es; y créame: ahora es mucho mejor de lo que era cuando llegué… En aquella época, ya se lo he dicho, era una ciudad horrible, pero lo cierto es que en seguida me acostumbré a ella. Vivía con mis cinco compañeros en un piso alquilado de la calle Montseny, en el barrio de Santa Eugènia, y trabajaba en la comisaría de Jaume I, cerca de la plaza de Sant Agustí. Gerona siempre ha sido una balsa de aceite, pero todavía lo era más en aquella época, cuando Franco aún no había muerto, de forma que, como había previsto, mi trabajo era mucho más sencillo y menos peligroso que el que había hecho durante mis prácticas. Estaba a las órdenes del subcomisario que mandaba la Brigada de Investigación Criminal (el subcomisario Martínez) y de un inspector veterano que mandaba uno de los dos grupos en que se dividía la Brigada (el inspector Vives). Martínez era una buena persona y un buen policía, pero pronto me di cuenta de que Vives, que podía llegar a ser divertido, en el fondo era un matón descerebrado. Para qué mentirle: entonces había bastantes policías así. Por suerte no lo era ninguno de los compañeros con los que tenía que compartir grupo y piso, porque con ellos convivía a todas horas: pasábamos las mañanas en comisaría, comíamos en Can Lloret, en Can Barnet o en El Ánfora, por las tardes salíamos a hacer la ronda, por las noches dormíamos debajo del mismo techo y los días libres intentábamos divertirnos juntos, cosa que en la Gerona de aquella época era casi más difícil que hacer bien nuestro trabajo. Es verdad que los medios con que contaba la Brigada eran pobrísimos (solo teníamos por ejemplo dos coches camuflados, que encima todo el mundo conocía porque siempre estaban aparcados delante de comisaría), pero tampoco necesitábamos muchos más, porque la delincuencia en la ciudad era poca y estaba concentrada en el barrio chino, y eso hacía que fuera bastante sencillo tenerla vigilada: todos los chorizos se juntaban en el chino, todos los golpes se cocían en el chino, y en el chino, tarde o temprano, todo el mundo lo sabía todo de todo el mundo. Así que bastaba pasar cada tarde y cada noche por el chino para controlar sin muchos problemas lo que pasaba en la ciudad.

–¿Y ahí es donde conoció usted al Zarco?

–Exacto: ahí es donde lo conocí.


–Ya se lo dije: a los dieciséis años yo había oído hablar del barrio chino, aunque lo único que sabía de él es que era un lugar poco recomendable y que quedaba al otro lado del río, en el casco antiguo. A pesar de mi ignorancia, la primera vez que fui a La Font no me perdí.

Aquella tarde crucé el Onyar por el puente de Sant Agustí, ya en el casco antiguo doblé a la izquierda por la calle Ballesteries, continué por Calderers y, al dejar a la derecha la iglesia de Sant Fèlix y entrar en la calle de La Barca, comprendí que había llegado al chino. Lo comprendí por la peste de basura y de orina que subía como una vaharada espesa de los adoquines recalentados bajo el sol de la siesta; también por la gente que había en el cruce del Portal de La Barca, apurando la sombra mezquina que arrojaban las fachadas de aquellos edificios decrépitos: un viejo de mejillas chupadas, una pareja de adultos patibularios y tres o cuatro quinquis veinteañeros, todos fumando y sosteniendo vasos de vino y quintos de cerveza. Pasé junto a ellos sin mirarlos, y más allá del cruce del Portal de La Barca vi el bar Sargento; a su lado estaba La Font. Me paré a la puerta y espié a través de los cristales. Era un bar pequeño, estrecho y alargado, con una barra a la izquierda y un pasillo que corría delante de ella, hundiéndose hacia el fondo hasta ensancharse en una salita. El local estaba casi vacío: en la salita había varias mesas, pero no vi a nadie sentado a ellas; un par de clientes conversaban frente a la barra; detrás de la barra una mujer enjuagaba vasos en el fregadero; encima de la mujer, clavado en la pared, un cartel rezaba: «Prohibido fumar porros». No me atreví a entrar y continué hasta la esquina de La Barca con Bellaire, en el límite del chino. Por allí merodeé un buen rato, entre el paso elevado del tren y la iglesia de Sant Pere, dudando si regresar a casa o intentarlo de nuevo, hasta que en determinado momento me armé de valor, volví a La Font y entré.

Ahora había bastante más gente en el bar, aunque no estaban ni Tere ni el Zarco. Un poco acobardado, me coloqué en un extremo de la barra, junto a la puerta, y en seguida se acercó la patrona –una mujer pelirroja y malcarada, con un mandil lleno de lamparones– y me preguntó qué quería; le pregunté por el Zarco y me dijo que no había llegado; luego le pregunté si sabía cuándo iba a llegar y me contestó que no lo sabía; luego se quedó mirándome. ¿Qué pasa?, dijo por fin. ¿No vas a tomar nada? Pedí una Coca-Cola, la pagué y me puse a esperar.

Tere y el Zarco no tardaron en aparecer. En cuanto cruzaron la puerta de La Font me vieron; en cuanto me vieron, la cara de Tere se iluminó. El Zarco me palmeó la espalda. ¡Joder, Gafitas!, dijo. Ya era hora, ¿no? Me llevaron hasta el fondo del local y nos sentamos a una mesa donde estaban sentados dos chavales: a uno, pecoso y de ojos rasgados, lo llamaban el Chino; el otro encadenaba un cigarrillo detrás de otro y era muy pequeño y muy nervioso, tenía la cara llena de granos y lo llamaban el Colilla. El Zarco hizo que me sentara entre Tere y él, y mientras pedía cervezas a la patrona apareció Lina, una rubia con minifalda y zapatillas de color fucsia que, según supe más tarde, era la chica del Gordo. Nadie me presentó a nadie y nadie me decía nada: Tere hablaba con Lina, y el Colilla y el Chino hablaban con el Zarco; ni siquiera el Gordo y el Tío dieron señales de reconocerme cuando llegaron al cabo de un rato. Me sentía totalmente fuera de lugar, pero ni por un momento se me ocurrió marcharme.

Poco después se nos unió un tipo que parecía algo mayor que los demás. Calzaba botas camperas, llevaba unos pantalones estrechísimos y acampanados y la camisa abierta; una cadena dorada le brillaba en el pecho. El tipo se sentó a horcajadas en una silla, junto al Zarco, apoyó los antebrazos en el respaldo y me señaló: ¿Y este niño pera? Todos se callaron; de golpe noté ocho pares de ojos fijos en mí. El Zarco rompió el silencio. ¡Joder, Guille!, le reprochó. Es el tío de can Vilaró: ya te dije que acabaría viniendo. El Guille puso cara de no saber de qué le estaban hablando. El Zarco se disponía a continuar cuando le frenó la patrona, que apareció con más cervezas y con un chaval al que llamaban el Drácula. Cuando se marchó la patrona (y se quedó el Drácula: le llamaban así porque un colmillo le asomaba de los labios), el Zarco continuó: Anda, Gafitas, cuéntale al Guille lo que me contaste la otra tarde. Aunque adiviné a qué se refería, le pregunté a qué se refería. A lo que me contaste de los recreativos, contestó. Lo conté; halagado por mi protagonismo, quizá tratando de hacer méritos delante del grupo (o solo delante de Tere), añadí que ahora ayudaba al señor Tomàs a cerrar el local. El Zarco me hizo algunas preguntas, entre ellas cuánto dinero recaudaba a diario el señor Tomàs. No lo sé, dije, sinceramente. Más o menos, insistió el Zarco. Di una cifra demasiado alta, y el Zarco miró al Guille y yo miré a Tere y en aquel momento intuí que no debía haber contado lo que acababa de contar.


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